Condenado, imputado, acusado: Los peligros del lenguaje

La justicia, ciega de por si, ya es bastante complicada para que el desconocimiento de algunos y la mala fe de otros, provoque su catalogación como un mundo aparte, alejado de al realidad y no accesible para el común de los ciudadanos.

Quizás los medios de comunicación tienen algo de culpa. Quizás los propios profesionales tenemos (si me puedo considerar profesional) nuestra principal tara en el vago lenguaje que usamos en algo tan concreto como el lenguaje jurídico. Lo cierto es que la imprecisión técnica es algo que crea el primer síntoma de desconfianza en nuestra sociedad, y mucho más en un momento en que la crónica jurídica, por desgracia, ha tomado la primera plana de periódicos  revistas, radios y televisiones.

Justicia_Wikipedia

La justicia, por John Massey Rhind (Memphis, EE.UU) // (Imagen: Wikipedia)

Esta dificultad se ve en una operación tan sencilla como puede ser abrir un períodico. Apellidos como Bárcenas, Urdangarines, Correas, Lanzas, Zaplanas, Leales,… han conseguido que, dentro de la amplia y tradicional sección conocida como NACIONAL, debiera existir una subsección conocida como JUSTICIA y, dentro de ella, pudiera existir una sección denominada CORRUPCIÓN. Si a esta circunstancia añadimos la constante polémica ante la intransigente postura del actual Mtro. de Justicia, el sr. Ruíz Gallardón en temas como las Tasas Judiciales o la reforma de los Registros, hace que términos jurídicos como retroactividad, sujeto pasivo, citación o competencia hayan pasado a primera plana pública.

Quizás una de las confusiones más frecuentes y que más duda genera es la diferencia entre un acusado, un imputado y un condenado. Términos utilizados a menudo como sinónimos pero que, en realidad, se refieren a situaciones sutilmente diferentes, que provocan una diferencia fundamental de trato entre las personas inmersas en esos estado.

Haciendo un símil gráfico, esta situación se asemejaría al conjunto formado por tres círculos concéntricos. El condenado se encontraría en el interior de la agrupación, el acusado en el lugar intermedio y el imputado tendría su lugar en el exterior de la figura.

Jurídicamente, la diferencia es tan sutil como relevante.  Imputado es toda persona a la que se le imputa, se le supone, la comisión de un hecho punible en el seno de una investigación judicial, es decir, el “presunto autor” como le gusta decir a los medios. La principal repercusión de este momento es que nace en él el derecho de defensa reconocido por el artículo 24 de la CE.

En este momento surge una figura intermedia, el procesado. El imputado se convierte en procesado cuando hay una resolución judicial, que se llama “auto de procesamiento”, en la que se dice que hay indicios fundados de que es el responsable del hecho que está  siendo objeto de investigación judicial.

Aquí termina la fase instructora (investigadora) de una supuesta infracción penal. Cuando ya se tienen todos los datos posibles, se dará traslado de las actuaciones a las partes acusadoras, incluido, de existir, al Ministerio Fiscal, y éstas formularan su respectivo escrito de acusación. A la vista de estas investigaciones y del contenido de estos escritos de acusación, el juez, en su caso, dictará un auto de apertura del juicio oral dirigido contra el presunto culpable. Este será el momento en que surge la figura del acusado.

Tras el desarrollo del correspondiente juicio, en dónde todavía el acusado goza de presunción de inocencia, y en caso de que sea considerado culpable, esta persona será condenada en sentencia.

Es decir, la diferencia entre estos términos radica en la posibilidad (imputado y procesado), probabilidad (acusado) y certeza (condenado).

De este modo, cuando el presunto responsable resulte imputado, surgirá en la sociedad la disputa entre la presunción de inocencia hasta que haya sentencia o su condena inmediata, sin esperar a que sea condenado. El extremismo, cómo en todos los ámbitos de la vida, es el principal mal de nuestra sociedad. Pero cuando se juega con la presunción de inocencia de un ciudadano, el rigor, el cuidado y la precisión son mucho más importantes que una simple opinión, ideología o punto de vista.

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